De todas mis amigas no fui a la primera que le regalaron flores, pero sí fui a la primera que le regalaron flores porque le dejaron moretones en la cara. Recién entrando a secundaria, mi mejor amiga de ese momento (a veces mi peor amiga, pero aun así la más querida) y yo, teníamos una competencia no explícita por cogerse al wey con más edad (conseguir la age gap más cuestionable que pudiésemos), y le gané. También teníamos esa tácita complicidad de provocar violencia por parte de nuestros novios, y también le gané; pero a ella le regalaron flores primero.
A mí me regalaron flores después que a ella, bueno más bien una flor: una rosa para aumentar ese sentimiento de cliché y telenovela arquetípica. Mi novio de ese momento (si es que así se le puede llamar a una relación o lo que quiera que sea que se entable entre una puberta de 13 años y un cabrón de 20) me dio un golpe tan fuerte en la cara (después de que yo le diera una cachetada por aventarme contra una puerta con la que me golpee la cabeza tan intenso que cuarteó el cristal que adornaba los intermedios superiores de esa puerta de madera, la puerta de madera de la entrada de mi casa, la casa de mi mamá -y que sé que le encanta-, la casa en la que actualmente vivo) que me dejó un moretón que abarcaba el ojo y la nariz, a nadie le extrañó que tuviera un moretón en la cara, ya andaba en drogas en ese momento y también me la pasaba alcoholizada.
Creo que la primera vez que probé algo fue a los 12 y aunque no me gustó mucho el efecto, porque era una madre sintética, me encantaba la reputación de ELLA HACE DE TODO. Así que lo quelógico es que todos pensaran (incluyendo a los amigos del cabrón que me madreó) que me había caído y me había hecho daño yo sola, y finalmente no estaban tan errados porque me estaba haciendo daño yo sola al seguir con alguien así: al unir toda mi inexperiencia y descontrol, mis ganas de adrenalina, con un tipo al que actualmente me encuentro bastante frecuente desde que regrese a mi ciudad natal y que al parecer le está yendo bastante bien en la vida, al menos en lo económico y para él eso era lo más importante así que asumo que se siente realizado.
La rosa no me la regaló el mismo día que me pegó en la cara, ese día me dejó medio inconsciente en mi casa: tirada junto a la puerta de madera. Al otro día del incidente tocó mi timbre, me regaló la rosa y me prometió no hacerlo de nuevo: no pegarme EN LA CARA de nuevo, y me parece lo cumplió porque a partir de ese día ya solo tengo recuerdos de peleas donde me intentaba estrangular o donde me aventaba contra los muebles o en las que me daba puñetazos en el diafragma para sacarme el aire; pero a partir de ese día mi cara siempre permaneció intacta, incluso la vez en la que terminamos la relación y me enterró las llaves del auto en el cuerpo, mi cara permaneció impoluta: tan impoluta y limpia que a mi mamá nunca se le cruzó por la cabeza TODO lo que pasó ese día (parece que el instinto materno no es tan fuerte como se dice, al menos no el de mi mamá), ese día que me picó con las llaves del auto, se bajó de ese auto, auto de mi mamá, y se regresó a la ciudad donde estaba estudiando la universidad -digamos que fue un fin de semana algo ajetreado-.
Y tampoco es que fuera tan nueva la violencia en el noviazgo, porque si bien fue el primer golpe como tal, el primer golpe en forma, el primer movimiento planificado que realmente se podía llamar golpe, ya me había tirado de las escaleras ocasiones anteriores. Hubo una en específico que me dio muchísima pena porque me empujó de las escaleras de una escuela en plena luz del día y me vio bastante gente.
También me jaloneaba a cada momento, todo el tiempo, tanto, que era normal traer los brazos y las piernas llenas de moretones. Recuerdo que él pensaba que los moretones se veían sexy en mí porque contrastaban con lo claro de mi piel, así que me trataba con esa brusquedad un tanto al propósito. Luego veía mis moretones, que le excitaban, y como tenía un conflicto interno entre medio enfermo sexual y medio devoto religioso (lo que, por cierto, no impidió que cogiéramos en todas y cada una de los espacios de mi casa), se enojaba por esa pulsión sexual que mi cuerpo moreteado le provocaba y me trataba peor, lo que generaba un circulo de nunca acabar. Los moretones en mi piel le excitaban, por lo que a propósito me trataba mal (me apretujaba los brazos, las piernas, me arrastraba) para sacarme moretones, me salían moretones y se excitaba aún más, se excitaba y sentía culpa, sentía culpa y me odiaba profundamente -porque era el objeto de su deseo y su repulsión-, me odiaba profundamente y me trataba peor, lo que me sacaba más moretones: el ciclo de mi vida amorosa de secundaria era bastante tormentoso, pero sumamente emocionante.
En realidad, solo fue tormentoso de primero a segundo de secundaria, en tercero encontré la promiscuidad y me fue muy bien porque ahora restringí todos mis impulsos a lo emocionante de estar siempre en el precipicio: no cerca del precipicio, sino en eterna caída de la orilla de tu vida; y en realidad lo peor que me pasó es que me intentaran estrangular -de nuevo- en un motel (los hombres y sus fetiches de cuellos). Tampoco es que fuese una experiencia horrorosa, en realidad, aún saludo al wey que quería ahorcarme mientras teníamos sexo, a él también le va muy bien en la vida, me parece pronto va a ser su fiesta de 50 años.
