Hay algo inquietante en los espejos. Permanecen vacíos durante horas, quizá días, hasta que alguien aparece frente a ellos y los habita por un instante. Entonces ocurre el encuentro: uno mismo convertido en otro. Un doble silencioso que imita cada movimiento y que, sin embargo, parece guardar una vida aparte. Me gusta pensar que no somos nosotros sin esa mitad intangible que vive al otro lado del cristal. Me gusta pensar que en dicho reflejo hay otra mirada que se nos devuelve.

Reflejo: copia exacta de lo que nos incomoda.
Por lo general, cuando paso por bazares o tiendas de segunda mano y alcanzo a observar espejos usados me da por inventarles una historia propia: ¿a quién le habrá pertenecido antes? ¿Cuántas personas se habrán visto ahí? ¿Por qué algunos están rotos? Aunque creo, a veces, es mejor dejarlo así y no indagar tanto en su pasado, dejar intacta su intimidad. Nadie sabe qué fue o qué será de ellos.
Me he topado con muchísimos, tanto míos como ajenos. Me he visto en ellos infinidad de veces que incluso mi reflejo es distinto en cada uno. De vez en cuando les tomo foto como parte de un ritual propio: es uno de mis archivos de cosas que me intrigan.
Escribe Huidobro en un poema suyo que, su espejo, corriente por las noches, se hace arroyo y se va de su cuarto. ¿Qué harán los espejos de noche?
A Justus Von Liebig se le atribuye la creación del espejo tal y como lo conocemos hoy, este invento tendría como lugar de nacimiento Alemania unos doscientos años atrás. ¿Cuál es esa necesidad de estar buscándonos desde hace doscientos años que no satisfacemos?

Es cuestión de percepción: algunos usan los espejos sólo para verse bien, otros pasan frente a ellos como si no existieran, otros los rompen como parte de alguna prueba, a mí me parecen lindos sus marcos y la ardua tarea que habrá implicado su elección.
Recuerdo: voy de copiloto sobre la carretera federal, me veo en el espejo retrovisor, me observo y analizo este paisaje: mi reflejo, detrás de este, lo verde de la tierra alumbrando un cielo despejado y el aire azotando, en señal de caricia, mi rostro. Creo que así se siente uno más vivo.
Al final de todo estoy aquí y siempre lo estaré en un espejo personal. Espejo hogar que resguarda a mis dos yo: el tangible y el espectro. Lo que reflejan es una historia que se va llenando cada que alguien se cruza con uno; quizá por ello seamos responsables de su contenido, así, cada espejo es distinto entre sí.
Habitar un espejo es la constante dialéctica entre él y yo; ambos conjugamos el verbo habitar. Este espejo-hogar-propio es la viva imagen de quien fui, quien soy y quien seré, por lo tanto nunca estará vacío, porque solo en este espejo habitado permanecen todas mis versiones en señal de lo vivido.
