
En el habla cotidiana llamamos escéptica a una persona que se muestra poco dispuesta a creer algo; por ejemplo, alguien puede ser escéptico respecto a la existencia de fantasmas porque considera que se trata de algo falso o porque no está segura de qué creer al respecto. Algunas personas dirán “los fantasmas no existen”; otras, “no estoy segura de que existan”; en la mayoría de estos casos existe alguna motivación para dudar o rechazar aquello que se discute. Así, en el uso cotidiano, el escepticismo suele relacionarse con la dificultad o la negativa a aceptar algo como verdadero. En este sentido, todos somos escépticos respecto de algo, preguntémonos, por ejemplo, si el número de estrellas que existen en el universo es par o impar.
En filosofía, esta forma cotidiana de escepticismo adquiere un carácter más sistemático, ya que las dudas o los rechazos se apoyan en razones que deben ser examinadas y discutidas. Es decir, el escepticismo filosófico se caracteriza por ofrecer argumentos o razones para cuestionar la aceptabilidad de una creencia, y este cuestionamiento puede dirigirse directamente a si la creencia es verdadera o a las razones para aceptarla como verdadera.
Conviene distinguir aquí entre una motivación y una razón, dado que podemos desconfiar de algo porque tenemos una corazonada o porque simplemente nos produce sospecha; esto explica por qué dudamos o rechazamos algo, pero no muestra que aquella creencia que no aceptamos sea falsa o dudosa. Una razón, en cambio, aporta algún elemento que cuenta a favor o en contra de la creencia que se discute. Estas razones pueden cuestionar una creencia de distintas maneras; supongamos que creo que Antígona está en su casa porque veo su automóvil estacionado afuera; no obstante, alguien podría decirme que acaba de verla en su oficina, en este caso tendría una razón para pensar que mi creencia es falsa; pero también podría enterarme de que Antígona le prestó el automóvil a su hermano, lo cual no muestra que Antígona no esté en casa, aunque sí debilita la razón que yo tenía para creerlo, es decir, el automóvil estacionado ya no constituye una buena señal de que ella se encuentre allí.
Un mapa rápido de los escepticismos filosóficos

Hablar de “escepticismo” puede dar la impresión de que existe una sola posición escéptica, pero a lo largo de la historia encontramos diferentes maneras de poner en cuestión aquello que creemos. Podemos distinguirlas de varias formas, pues algunas se diferencian por la conclusión a la que llegan; ante un problema, un escéptico puede concluir que no podemos conocer algo, mientras otro puede considerar que todavía no existen razones suficientes para decidir si podemos o no conocer algo. Otras se distinguen por aquello que cuestionan, como ocurre cuando se discute si conocemos realmente el mundo que percibimos, si tenemos razones para esperar que el futuro se comporte como el pasado o si existen verdades morales.
Repasemos brevemente algunas de las formas más influyentes en la historia de la filosofía.
En la Antigüedad surgieron dos grandes tradiciones escépticas: la Academia escéptica y el pirronismo. Escépticos académicos como Arcesilao y Carnéades dirigieron buena parte de sus críticas contra quienes sostenían que poseíamos algún medio seguro para distinguir lo verdadero de lo falso. Los estoicos, por ejemplo, defendían que las representaciones aprehensivas podían ofrecernos una garantía fiable de la verdad de una creencia; los académicos respondieron mostrando casos en los que esas mismas representaciones producían creencias falsas, mostrando de este modo que dichas representaciones no nos permiten distinguir de manera fiable la verdad de la falsedad. Las fuentes antiguas y los especialistas actuales no coinciden completamente acerca de qué conclusión extraían los académicos de este tipo de argumentos: algunos los interpretan como defensores de la tesis de que el conocimiento no puede alcanzarse, mientras que otros consideran que sus argumentos tenían principalmente una función crítica y conducían a no comprometerse con una respuesta definitiva.

Nuestra fuente conservada más importante sobre el pirronismo es Sexto Empírico, quien describe al escéptico como alguien que continúa investigando y suspende el juicio cuando las razones enfrentadas no le permiten decidir. Suspender el juicio significa no aceptar una creencia como verdadera, pero tampoco afirmar que sea falsa, lo que deja la cuestión abierta porque, después de examinar las razones disponibles, no encuentra elementos suficientes para decidir. Entre sus argumentos más conocidos se encuentran los cinco tropos atribuidos a Agripa, pensemos sólamente en uno de ellos, la regresión al infinito: si afirmamos que una creencia es verdadera porque tenemos una razón para sostenerla, el escéptico puede preguntar qué razón tenemos para aceptar, a su vez, esa razón. Si ofrecemos una nueva razón, puede repetir la pregunta y exigir otra; así parece iniciarse una cadena que podría continuar indefinidamente. Si decidimos detenerla en algún punto, tendremos que explicar por qué esa razón ya no necesita apoyo, pues, después de todo, justificar una creencia significa ofrecer razones para aceptarla como verdadera. Con este tipo de razonamiento el pirrónico intenta mostrar las dificultades que encontramos al justificar nuestras creencias y, si no consigue decidir entre las respuestas disponibles, suspende el juicio.
Con la filosofía moderna adquirió especial importancia otro tipo de desafío, actualmente llamado “escepticismo cartesiano”, que se basa principalmente en el planteamiento de hipótesis escépticas. El nombre no significa que Descartes terminara siendo escéptico; por el contrario, introdujo dudas extremas con el propósito de encontrar una manera de superarlas. El problema puede entenderse mediante una pregunta sencilla: ¿cómo sabemos que las experiencias que tenemos corresponden con el mundo tal como realmente es? Descartes imaginó que podríamos estar soñando o incluso ser engañados por un genio maligno capaz de producir en nosotros experiencias indistinguibles de las que tendríamos si el mundo fuera como nos aparece. La versión contemporánea más conocida supone un cerebro conectado a una computadora que recibe exactamente los mismos estímulos que recibiría una persona que vive normalmente. Si todas nuestras experiencias fueran iguales en ambos casos, ¿cómo podríamos saber que no somos ese cerebro? La película Matrix popularizó una situación semejante: alguien puede ver, tocar y recorrer un mundo que considera real, aunque todo aquello sea producido artificialmente. El desafío escéptico consiste en preguntar qué razones tenemos para excluir esa posibilidad y, si no podemos hacerlo, cómo justificamos que conocemos el mundo externo que damos por sentado.

Otro problema recibe actualmente el nombre de “escepticismo humeano”. Pensemos en algo muy común: dejamos un vaso con agua en el congelador y esperamos que se convierta en hielo, y también damos por sentado que, así como hoy salió el Sol, mañana volverá a salir. En ambos casos razonamos a partir de lo que ha ocurrido anteriormente para formar una expectativa sobre lo que ocurrirá después (este es un tipo de razonamiento inductivo). El problema señalado por Hume aparece cuando preguntamos qué justifica ese paso del pasado al futuro, pues haber observado miles de veces que el agua se congela a determinada temperatura o que el Sol sale cada mañana no implica lógicamente que volverá a ocurrir lo mismo la próxima vez. A diferencia de una deducción, en la que la conclusión se sigue necesariamente de las premisas, una inferencia inductiva siempre deja abierta la posibilidad de que el siguiente caso sea diferente. Empero, podríamos responder que confiamos en esos razonamientos inductivos porque la naturaleza suele comportarse de forma regular. Pero entonces cabe preguntar cómo sabemos que esa regularidad continuará en el futuro, si respondemos que hasta ahora la naturaleza se ha comportado de manera regular, estaríamos utilizando nuevamente la experiencia pasada para justificar que el futuro se parecerá al pasado. En otras palabras, estaríamos utilizando la propia inducción para justificar la inducción; éste es el núcleo del problema: usamos constantemente razonamientos inductivos, pero parece difícil justificar su fiabilidad sin apoyarnos otra vez en ellos.
Los ejemplos anteriores no agotan todas las clases de escepticismo, pues el escepticismo puede limitarse a campos específicos: un escéptico moral, por ejemplo, puede preguntar qué razones tenemos para afirmar que existen verdades morales independientes de nuestras costumbres o, en una versión distinta, cómo podemos saber que un juicio moral es verdadero. También existe el problema de las otras mentes, que surge porque vemos que otra persona ríe, llora o nos dice que siente dolor, pero no podemos experimentar directamente aquello que ocurre en su mente; el desafío consiste en explicar qué justifica nuestra creencia de que los demás poseen experiencias y pensamientos semejantes a los nuestros.
Algunos autores contemporáneos han recuperado argumentos antiguos, entre ellos Robert Fogelin, quien desarrolló una forma de neopirronismo que vuelve sobre el problema de Agripa y las dificultades que surgen cuando exigimos razones para nuestras razones; en este caso tenemos una recuperación contemporánea de un problema pirrónico.

También encontramos propuestas que utilizan conocimientos científicos para formular dudas escépticas. Una de las formas de escepticismo naturalizado pregunta, por ejemplo, si nuestras propias capacidades cognitivas podrían imponer límites a lo que somos capaces de conocer; imaginemos que la biología y las ciencias cognitivas mostraran que, debido a la clase de organismos que somos, existen problemas que nuestro cerebro simplemente no puede formular o comprender, del mismo modo en que otros animales poseen capacidades cognitivas mucho más limitadas que las nuestras. En ese caso, la propia ciencia proporcionaría razones para preguntarnos si algunas verdades pueden encontrarse definitivamente fuera de nuestro alcance.
Finalmente, existen problemas escépticos que ya no se refieren directamente al conocimiento del mundo; por ejemplo, a partir de las reflexiones de Wittgenstein sobre el lenguaje, Saul Kripke formuló un conocido desafío acerca del significado y el seguimiento de reglas. Imaginemos que hemos aprendido a sumar resolviendo una cantidad limitada de ejercicios. ¿Qué determina que con el signo ‘+’ queramos decir exactamente la regla de la suma y no otra regla extraña que coincida con todas las operaciones que hemos realizado hasta hoy, pero que produzca resultados diferentes en casos nuevos? El problema escéptico consiste aquí en preguntar qué hecho determina qué significan nuestras palabras y qué regla estamos siguiendo. Esta discusión es conocida como el “desafío escéptico” sobre el seguimiento de reglas.
Como hemos visto, algunos tipos de escepticismo cuestionan nuestro conocimiento del mundo, otros cuestionan nuestras inferencias sobre lo que ocurrirá mañana, nuestras afirmaciones morales o incluso lo que queremos decir con nuestras palabras. En todos estos casos reaparece una pregunta muy sencilla, aunque extremadamente difícil de contestar: ¿tenemos buenas razones para aceptar aquello que creemos?
Bibliografía
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