Entre el Pedregal y la ciudad
Por Kary Bousquet
Fotos. JPAM

Para quien pasa por avenida Aztecas o por los alrededores de Ciudad Universitaria, la Unidad Integración Latinoamericana puede parecer simplemente otro conjunto habitacional construido durante los años setenta. Sin embargo, detrás de sus edificios de concreto, sus andadores peatonales y sus plazas interiores se encuentra una de las experiencias más interesantes de vivienda colectiva desarrolladas en la Ciudad de México durante la segunda mitad del siglo XX.
La unidad fue construida entre 1974 y 1976 para el FOVISSSTE, en una época en la que la expansión urbana de la ciudad parecía no tener límites y el Estado impulsaba proyectos habitacionales capaces de albergar a miles de familias. El conjunto ocupa alrededor de once hectáreas y fue diseñado para alojar aproximadamente 1,080 viviendas.
Vista desde el aire, la Latinoamericana parece una pequeña ciudad independiente. Vista desde el interior, se descubre como una secuencia de plazas, jardines, senderos y edificios conectados entre sí, donde la experiencia peatonal resulta tan importante como la arquitectura misma.
Un paisaje que viene de un volcán
Uno de los aspectos más interesantes de la unidad suele pasar desapercibido.
La piedra volcánica que aparece en muros, desniveles y espacios abiertos no es solamente un recurso estético. La Latinoamericana se encuentra sobre los terrenos del antiguo Pedregal de San Ángel, una enorme extensión de lava solidificada producida por la erupción del volcán Xitle hace cerca de dos mil años.
La presencia de esa piedra conecta al conjunto con una tradición arquitectónica muy particular de la Ciudad de México. Arquitectos como Luis Barragán, Max Cetto y los autores de Ciudad Universitaria intentaron incorporar el paisaje volcánico a sus proyectos en lugar de borrarlo por completo. La Latinoamericana forma parte de esa misma conversación.
Por eso, más que imponerse sobre el terreno, muchos de sus espacios parecen dialogar con él.


Los arquitectos detrás del proyecto
La unidad fue diseñada por Sánchez Arquitectos y Asociados, integrado por Luis Sánchez Renero, Félix Sánchez Aguilar, Gustavo López Padilla y Fernando Mota Fernández.

Sin embargo, una de las participaciones más interesantes fue la de Mario Schjetnan, responsable del diseño de las áreas verdes y espacios abiertos. En aquel momento era un arquitecto joven. Décadas después se convertiría en una de las figuras más influyentes de la arquitectura de paisaje en México, autor de proyectos como el Parque Ecológico de Xochimilco y numerosas intervenciones urbanas en distintas ciudades del país.
Recorrer hoy la Latinoamericana permite reconocer algunas preocupaciones que aparecerían más tarde en muchas de sus obras: la integración entre vegetación, espacio público y vida cotidiana.
Aprender de los multifamiliares
La Latinoamericana pertenece a la misma tradición que produjo obras como el Multifamiliar Alemán, la Unidad Independencia y Tlatelolco. Todos estos conjuntos intentaban responder a una pregunta que marcó buena parte del urbanismo mexicano del siglo XX: cómo construir vivienda para miles de personas sin reproducir una ciudad dispersa y desordenada.


Pero la Latinoamericana llegó después de esas experiencias y pudo aprender de ellas.
Sus diseñadores redujeron el protagonismo del automóvil dentro del conjunto y privilegiaron los recorridos peatonales. En lugar de organizar el proyecto alrededor de avenidas internas, estacionamientos o grandes vialidades, apostaron por una red de plazas, senderos, jardines y espacios comunes que todavía hoy definen la vida cotidiana de la unidad.
Por esa razón la experiencia de recorrerla resulta distinta a la de muchos desarrollos habitacionales contemporáneos. Gran parte de la vida ocurre en los espacios compartidos: los patios, las canchas, los jardines y los andadores donde los vecinos se encuentran todos los días.
La prueba de 1985
La Latinoamericana fue inaugurada apenas nueve años antes del terremoto del 19 de septiembre de 1985.

Mientras varias zonas de la ciudad sufrían algunos de los daños más graves de su historia —particularmente aquellas construidas sobre antiguos terrenos lacustres— la unidad atravesó aquella prueba sin convertirse en noticia nacional.
La razón se encuentra bajo sus cimientos.
A diferencia de colonias como la Roma, la Doctores, el Centro Histórico o parte de Tlatelolco, la Latinoamericana se encuentra sobre suelo volcánico mucho más estable. Las ondas sísmicas que se amplificaron en los antiguos lagos tuvieron un comportamiento muy distinto en las zonas del Pedregal.
Quizá por eso el terremoto de 1985 forma parte de la historia del conjunto más como una confirmación silenciosa de sus condiciones estructurales que como una tragedia.

Una vecina de Ciudad Universitaria
La ubicación de la unidad también resulta singular.
A pocos minutos de distancia se encuentran Ciudad Universitaria, el Espacio Escultórico, los jardines del Pedregal, diversas obras de Félix Candela y algunos de los proyectos arquitectónicos más importantes construidos en México durante el siglo XX.
No muchas unidades habitacionales quedaron insertas en un entorno con semejante concentración de patrimonio arquitectónico y urbano.
De alguna manera, la Latinoamericana forma parte de ese paisaje cultural del sur de la ciudad, aunque rara vez aparezca en las guías o recorridos especializados.
La últtima utopía de los finales del siglo XX
Resulta difícil explicar la historia de la Latinoamericana únicamente mediante planos, materiales o nombres de arquitectos.
Desde su inauguración han pasado por sus edificios varias generaciones de habitantes. Miles de personas aprendieron a andar en bicicleta en sus andadores, jugaron en sus plazas, hicieron amigos, se mudaron, regresaron o envejecieron allí.
Quizá por eso el conjunto produce una sensación particular cuando se recorre a pie. Uno observa edificios, jardines y senderos, pero también percibe algo menos visible: medio siglo de historias acumuladas en un espacio relativamente pequeño.
A diferencia de Tlatelolco o Ciudad Universitaria, la Latinoamericana no tiene todavía una novela emblemática. Sin embargo, pocos lugares parecen tan adecuados para inspirar una. Más de mil departamentos, décadas de convivencia y miles de vidas desarrollándose a escasos metros unas de otras han convertido al conjunto en una especie de archivo urbano que sigue escribiéndose todos los días.

Algunos datos de la Latinoamericana
Es uno de los conjuntos habitacionales más representativos de la arquitectura de vivienda colectiva mexicana de la década de 1970.
Construcción: 1974–1976.
Ubicación: Coyoacán, Ciudad de México.
Promotor: FOVISSSTE.
Superficie aproximada: 11 hectáreas.
Viviendas: alrededor de 1,080 departamentos.
Arquitectos: Luis Sánchez Renero, Félix Sánchez Aguilar, Gustavo López Padilla y Fernando Mota Fernández.
Diseño de paisaje: Mario Schjetnan.
Materiales característicos: concreto aparente y piedra volcánica del Pedregal.
Fue concebida como una unidad predominantemente peatonal.
Se encuentra sobre suelo volcánico derivado de la erupción del Xitle.
Atravesó el sismo de 1985 sin registrar los daños estructurales que afectaron a muchas zonas construidas sobre antiguos terrenos lacustres.
