¿Qué ocurre cuando acercamos la hermenéutica filosófica al trabajo clínico del psicoanalista? ¿Puede este campo, tan marcado por la escucha, servirse de un enfoque interpretativo como el que propone Mauricio Beuchot? ¿Cuáles son los cruces entre la hermenéutica analógica con la práctica y teoría psicoanalítica?
Mauricio Beuchot concibe la hermenéutica tanto como disciplina de interpretación como una actitud filosófica abierta, sin dogmas fijos. Para él, interpretar es navegar entre dos extremos:
• La postura unívoca: busca un único significado verdadero, herencia del positivismo.
• La postura equívoca: acepta interpretaciones infinitas y relativistas.
Beuchot critica ambos polos y propone un camino intermedio: la hermenéutica analógica, un modo de interpretar que permite múltiples lecturas, pero jerarquizadas proporcionalmente. No todo vale lo mismo, pero tampoco sólo una lectura es correcta. Esta propuesta combina lo metafórico y lo metonímico, algo que curiosamente dialoga con el uso lacaniano de los tropismos lingüísticos. La noción de interpretación es central para el psicoanálisis, pero el tipo de interpretación varía según el momento teórico.
El primer Freud: el inconsciente como descubrimiento
En La interpretación de los sueños, Freud trabaja desde una lógica cercana al univocismo: el sueño tiene un sentido latente que puede develarse mediante el método analítico. La meta terapéutica consistía en hacer consciente lo inconsciente y el recuerdo era el elemento curativo fundamental.
El segundo Freud: cuando no todo puede recordarse
Después de 1920, Freud enfrenta fenómenos como la compulsión de repetición, el retorno del síntoma o experiencias no representadas. Aquí ya no se busca revelar una esencia oculta, sino crear y construir, más que descubrir. Este giro rompe la ilusión de una interpretación única o definitiva.
A pesar de estas variaciones teóricas, la estrategia clínica de asociación libre y su contraparte de atención flotante, prácticamente no se modificó. ¿Cómo es posible? Porque más allá de las teorías, Freud apuntaba a una actitud de escucha, un esfuerzo por tratar de suspender las defensas del Yo, evadir la censura, y dejar que el discurso circule sin dirección predeterminada.
Beuchot afirma que la hermenéutica analógica acompaña tanto la teoría como la técnica psicoanalítica. Sin embargo, su lectura parece referirse a un analista que interpreta activamente durante la sesión, casi como quien selecciona la mejor lectura proporcional entre varias. Pero, en el psicoanálisis, interpretar no es comprender, y mucho menos explicar.
La comprensión (entendida como el intento de organizar, jerarquizar o conceptualizar lo escuchado) pertenece más bien al trabajo posterior a la sesión, a la escritura clínica o al armado de un caso. Allí la hermenéutica analógica podría resultar fecunda. En el consultorio, esa actitud interpretativa previa amenaza con invadir el lugar de la atención flotante. El analista que interpreta demasiado pronto, o desde categorías fijas, bloquea la asociación del paciente y coloca su propio Yo en el centro.
Aunque el psicoanálisis no se plantea como una hermenéutica del Yo, es común escuchar entre psicoanalistas o terapeutas con esta inclinación, referencias al “ojo clínico”, entendido como una capacidad diagnóstica con poca exhibición. Estas ideas, lejos de un asunto de ética, terminan atrapando al analista en una posición de saber que clausura, en lugar de generar una escucha abierta.
El aporte de Beuchot es valioso para pensar cómo escribimos, cómo leemos a Freud, o cómo narramos un caso. Pero en la práctica clínica el desafío es otro: sostener una escucha que no adelanta interpretaciones, que no organiza antes de tiempo y que deja espacio a lo inesperado.
En síntesis, la hermenéutica analógica puede ser una herramienta teórica útil, pero no debe confundirse con la actitud clínica; la teoría psicoanalítica es diferente de la práctica psicoanalítica.
