En días pasados me encontraba en una conferencia escolar con un expositor que hablaba sobre el mundo de inmediatez en el que vivimos actualmente, avanzada la plática llegó al ineludible tema boomer del número de funciones que hace nuestro teléfono celular, y, sobre todo, el número de tareas y tiempo que nos “ahorra”. El entrecomillado es la razón de este texto, pues una persona nacida después del inicio del milenio sería muy difícil que notara y expresara ese ahorro, ya que no vivió el contraste.
Independientemente del modelo y marca del aparato, el teléfono inteligente puede pensarse como un paradigma de la transformación contemporánea de la experiencia del tiempo y de la recompensa. Tareas que antes implicaban esfuerzo y/o espera, hoy se resuelven en alguna de nuestras pantallas diarias. Obtener una fotografía sacada por nosotros solía exigir un lapso relativamente amplio de tiempo; había que elegir comprar un rollo de 12, 24 o 36 exposiciones, terminar el rollo, llevarlo a revelar y esperar varios días para acceder a la imagen, tiempo en el cual la ansiedad por ver las fotografías se hacía presente. Del mismo modo, ir al cine suponía un esfuerzo material y temporal como prever el traslado, estar al tanto de los horarios y la disponibilidad, lo que organizaba la experiencia alrededor de una espera. Dicho sea, esta espera tampoco era garantía alguna de que nos fueran a gustar las fotos tomadas o la película vista.
Las plataformas de streaming y la cámara digital del celular, entre otras funciones del aparato, tienen a disolver esa demora: la imagen o video aparece al instante y la película o la canción está disponible en cualquier momento. Esta supresión sistemática del intervalo no es sólo un avance técnico, sino que facilita una mutación en la economía psíquica de la recompensa, donde la espera se convierte en una fricción que es mejor tratar de eliminar; seamos claros, siempre quisimos y seguimos queriendo que la espera se reduzca, siempre estamos ansiosos por ver el resultado más que el proceso, pero ahora lo vemos de manera más impactante.
¿La relación dada la espera entre desear algo y obtenerlo tiene alguna importancia significativa en el psiquismo? ¿la disminución en la espera del objeto tiene implicaciones en otros ámbitos de la vida? principalmente, en aquellos que no tienen el contraste de vivencias anteriores al surgimiento de las nuevas tecnologías.
Demorar la recompensa o aplazar el reforzador, punto de vista conductual
La demora de la recompensa ha sido ampliamente abordada por las teorías cognitivo-conductuales, que la conciben como una variable temporal dentro de las contingencias de refuerzo, esto se entiende como la capacidad de resistir recompensas inmediatas y menores para obtener otras mayores pero distantes en el tiempo.
Socialmente, lograr demorar la recompensa es muestra de autocontrol y autorregulación, ya que es deseable aprender a inhibir respuestas impulsivas que nos distraen de lograr una meta mayor. Al no depender del refuerzo inmediato, la conducta comienza a organizarse en función de contingencias a largo plazo, lo que permite tolerar la ausencia temporal de gratificación. Esta capacidad aprendida está directamente vinculada con la disminución de la impulsividad, entendida como la preferencia sistemática por recompensas inmediatas aun cuando resultan menos beneficiosas.
Al mismo tiempo, la demora del refuerzo posibilita el acceso a recompensas de mayor magnitud o calidad. Muchas tareas relevantes como el estudio, el trabajo sostenido, el ahorro económico o el logro de metas a largo plazo requieren mantener la conducta sin reforzamiento inmediato, lo que implica persistencia, tolerancia a la frustración y sensibilidad a la relación costo/beneficio. En este sentido, es deseable desarrollar esta habilidad ya que se refleja en beneficios muy valiosos en la vida diaria.
Desde este enfoque, la capacidad de esperar se explica por el aprendizaje previo que asocia una conducta con un reforzador diferido. De esta forma, esta perspectiva privilegia la relación conducta-recompensa con la finalidad de una mejor adaptación social, lo que los padres de familia desearían desarrollar en sus hijos.
Enfoque psicoanalítico
Como vimos, el aplazamiento de la recompensa suele pensarse como una virtud del autocontrol o una capacidad individual ligada a la fuerza de voluntad. Sin embargo, desde una perspectiva psicoanalítica, esta formulación resulta insuficiente. Aplazar la recompensa no constituye únicamente un acto yoico de inhibición del impulso, sino una operación psíquica más profunda que compromete la manera en que el sujeto se relaciona con la ausencia del objeto. En este sentido, el concepto freudiano de representación-cosa ofrece una vía privilegiada para comprender cómo el psiquismo hace posible la espera mediante suplencias simbólicas de aquello que no está presente.
Sigmund Freud distingue entre la representación-cosa (Sachvorstellung) y la representación-palabra (Wortvorstellung). La primera se constituye a partir de las huellas mnémicas ligadas a la experiencia con el objeto y pertenece al registro del inconsciente; la segunda, en cambio, introduce al objeto en el campo del lenguaje y de la conciencia.
Esta distinción permite afirmar que el psiquismo no se organiza a partir de la presencia continua de las cosas, sino a partir de inscripciones psíquicas que las sustituyen. La representación-cosa no es una copia fiel del objeto, sino una huella investida libidinalmente que persiste incluso cuando el objeto ya no está.
Desde esta perspectiva, la ausencia no es una falla del aparato psíquico, sino su condición estructural. Podríamos decir que la falta del objeto es lo que hace que trabaje el aparato, básicamente lo que nos hace humanos.
El sujeto se constituye precisamente en la experiencia de que el objeto no siempre está disponible, y es esa falta la que obliga a producir representaciones que suplan la cosa ausente. La vida psíquica se sostiene, entonces, sobre una lógica de la suplencia, donde el objeto real es reemplazado por su representación, permitiendo la continuidad del deseo más allá de la satisfacción inmediata. Incluso hay planteamientos que sostienen que ese espacio temporal entre la demanda del objeto y su aparición es lo que permite que nazca el pensamiento.
Aplazar no significa renunciar al objeto, sino aceptar su ausencia en lo real a condición de conservarlo en lo psíquico. En este sentido, la espera es un trabajo donde el aparato sostiene la tensión entre la falta del objeto y su presencia representacional sin precipitar la descarga inmediata. Pensemos en el bebé que chupa su dedo en suplencia de la teta nutricia, el dedo no sustituye completamente al objeto esperado, sólo es la estrategia para soportar la demora.
Podríamos decir que ahí donde el conductismo describe la eficacia de la demora, el psicoanálisis interroga su condición de posibilidad.
La espera como práctica en desuso en la obra de Byung-Chul Han

En la obra de Byung-Chul Han, la capacidad de esperar aparece como una facultad profundamente erosionada en la sociedad contemporánea. En un contexto dominado por la aceleración, la hiperproductividad y la exigencia de resultados inmediatos, la espera deja de ser un tiempo habitable y se transforma en un vacío intolerable lleno de ansiedad. Han sostiene que ya no tenemos paciencia para una espera en la que algo pueda madurar, pues toda temporalidad que no se traduzca en rendimiento es vivida como pérdida. De este modo, la cultura de la inmediatez no solo modifica los hábitos de consumo o de trabajo, sino que afecta la estructura misma de la experiencia subjetiva, debilitando la posibilidad de sostener intervalos de tiempo no orientados a la satisfacción inmediata.
Al exigir la presencia constante del objeto y la satisfacción inmediata, se empobrece la experiencia del deseo y se vuelve innecesario, o incluso imposible, el trabajo psíquico de la espera. La incapacidad de aplazar la recompensa no se presenta entonces como un fallo individual, sino como el efecto de una cultura que desactiva las condiciones simbólicas que permiten habitar la ausencia del objeto.
Han subraya que hemos perdido la capacidad de esperar porque vivimos en un tiempo sin duración, un tiempo puntual, instantáneo, donde todo debe estar disponible “ya”. Esperar, en cambio, supone aceptar la demora, tolerar el vacío, la falta, la no-respuesta inmediata.
Finalmente…
Más allá de situaciones nostálgicas sobre nuestras vidas de antes, donde es común que acabemos concluyendo que “todo tiempo pasado fue mejor”, pensemos en las transformaciones que están sucediendo ahora mismo en fenómenos que se definen por el tiempo para que puedan suceder; por ejemplo, ¿cómo lleva el duelo frente a la pérdida de un ser querido un sujeto actualmente? (pensando en que la pérdida del objeto es permanente) ¿cómo son los procesos amistosos en los cuales, la confianza en el otro es crucial? (Entendiendo que para que haya confianza en alguien tiene que pasar cierto tiempo). ¿El abuso de sustancias ha cobrado otro carácter en los últimos tiempos? (hablando de placeres inmediatos).
¿Qué consecuencias tiene para la constitución subjetiva vivir en un mundo donde la ausencia del objeto se vuelve cada vez más intolerable?
