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¡Javier Mi-ley nos ayuda a entender la perversión!

14 junio, 2026

En términos lacanianos, el sujeto perverso mantiene una relación particular con la Ley: no busca simplemente transgredirla, sino acercarse a ella y jugar en sus derredores.

El perverso juega con la prohibición y obtiene goce al confrontar al otro con la angustia que produce ese límite; imaginemos la situación en la que un niño camina alegremente en el borde del abismo, voltea a ver constantemente a la mamá, insiste en hacerse ver, y ésta, en el mejor de los casos, se angustia por el peligro; después vendrán los chanclazos. En este ejemplo, el niño busca angustiar a la madre para saber del amor.


Para explicar esto, resulta útil volver al mito de la horda primitiva, desarrollado por Sigmund Freud en Tótem y Tabú (1913).

Como era habitual en Freud al momento de desarrollar ciertos conceptos, elabora una historia mítica que permite pensar el origen de la Ley y la relación ambigua que genera en los sujetos. En esa historia, una horda se encuentra dominada por un padre absoluto, dueño exclusivo de las mujeres y concentrador de todo el poder social posible. Los hijos, sometidos y excluidos, terminan conspirando y asesinándolo.


Paradójicamente, lejos de liberar a la comunidad de aquella tiranía, el asesinato produce culpa y conduce a la instauración de la Ley: el padre muerto retorna bajo la forma del tótem y de la prohibición.

Esa prohibición queda introyectada simbólicamente en cada uno de los miembros de la comunidad. La Ley nace así como efecto de una pérdida; nadie puede ya ocupar legítimamente el lugar del padre absoluto.


La perversión aparece precisamente como una relación singular con ese lugar imposible. El perverso no “es” verdaderamente el padre primordial; lo que hace es teatralizar esa posición, escenificarla y sostenerla el mayor tiempo posible. Necesita la prohibición para jugar con sus bordes, desafiarla y mostrarse como aquel que podría situarse más allá del límite, y recordemos, manifestarlo.

Así, el neurótico, que observa desde afuera y queda atónito ante el acto extremo, siempre se muestra en el borde.


Resulta sugestivo que en el caso de Javier Milei el propio apellido pueda escucharse como “Mi-ley”, no podría haber un apellido más preciso para alguien de estructura perversa.

Más allá del juego fonético, casi pedagógico, aquí parece que se condensa la posición subjetiva y política de Milei; alguien que aspira a encarnar personalmente aquello que es impersonal e inaccesible, una figura que promete ocupar el lugar de excepción.


Recordemos que Milei suele presentarse como alguien radicalmente distinto al resto de la “casta”, casi como una figura fuera de la norma política ordinaria, acordémonos de las historias de conversaciones telepáticas con sus perros, o el ejemplo más importante para este argumento, los rumores que sitúan a Milei en una relación romántica con su propia hermana.


Milei expresa, quizá de manera paradigmática, esa autoridad contemporánea que no se presenta como sometida a la Ley, sino como su fuente directa y personal a la que trata de eclipsar.

Cuautli Suárez J. Psicólogo (UNAM) y psicoanalista formado en el Círculo Psicoanalítico, actual jefe del Departamento de Evaluación de la Dirección General del Bachillerato. Escribe generalmente sobre cultura, salud y educación. MÁNDAME UN WHATSAPP Y HACEMOS UNA CITA: 5511927415

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